El Agua ¿Escasez y Contaminación?

Por Alejandro Angulo  

El 22 de marzo se conmemoró el Día Mundial del Agua; este año el lema es “La importancia del agua”, así que abordaré el tema de las aguas subterráneas dada su relevancia en tanto que dichas aguas son aquellas que se localizan por debajo de la superficie terrestre ocupando los poros y las fisuras existentes. Generalmente provienen de la precipitación y de aguas superficiales como ríos, arroyos y lagos, que después se infiltran bajo la superficie de la tierra, hasta su descarga natural en humedales o el mar, permitiendo una transferencia de flujo entre el agua subterránea y superficial.

Por ejemplo, en la zona metropolitana de Querétaro I, se ha dependido en gran medida de las aguas subterráneas, no obstante, los tres acuíferos principales (Valle de Querétaro, Valle de Buenavista y Valle de Amazcala) se encuentran en franco déficit (-65.9, -12.43 y -23.1 Mm3/año, con cifras del 2018).

Pero lo importante a discutir es el fenómeno emergente de la “aceleración social” que por supuesto abarca también al agua, ya que las aguas subterráneas son un claro ejemplo en la disincronía entre el tiempo de recarga natural y el tiempo de extracción, y cuando el segundo es más veloz y, además, se extralimita al extraer más volumen que aquel de la recarga natural sucede lo que conocemos como déficit. Por ejemplo el Acuífero del Valle de Querétaro tiene una recarga media anual natural de 70 Mm3 , mientras que el volumen de extracción media anual es de 131.9 Mm3, lo que nos arroja un déficit de -65.9 Mm3

Y si a todo esto le agregas los efectos del cambio climático como lo es la reducción del volumen de lluvia, de seguro, tenemos un problema serio.

El enfoque sociológico de la aceleración social es otro signo de la modernidad, donde la velocidad es el elemento principal. La velocidad ha trastocado el tiempo natural de recuperación (recarga y saneamiento) del agua y el tiempo de permanencia en sus reservorios.

En este sentido, la aceleración convive con un espacio temporal alterno, en el cual, el agua que escurre o que permanece en sus reservorios naturales se encuentra desincronizada con dicha aceleración social.

Por ello, la velocidad con la que se extrae, se consume, se usa y se regresa, no corresponde a su ciclo natural. El tiempo (velocidad) ahora es un componente que acarrea escasez.

El común denominador de todas estas interacciones sociales, sin duda, es su alternancia; es decir, podríamos hablar de una continuidad de contrastes alternos, de un cierto espaciamiento del tiempo que produce simultaneidad absoluta. Ante los nuevos “aceleradores” del tiempo (y del agua), socialmente creados, se configura un nuevo tipo de temporalidad histórica, como una arritmia, como contratiempo natural, debido a la domesticación instrumental de la naturaleza.

Esta aceleración se encuentra sujeta a la contingencia, a esa posibilidad de una desaceleración, de una “parada” súbita (Beriain, 2008) y no porque el individuo lo desee, sino porque más allá de su voluntad, hace frente a la verdad que subyace del otro tiempo: el del ciclo natural que hemos roto o alterado.

En esencia, el ciclo del agua no corresponde al ciclo social y, más precisamente, al ciclo económico que demanda velocidad para lograr competitividad en sus procesos. Esta irrupción de ciclos sociales en la naturaleza conlleva a procesos diversos, tanto de territorios secos como de exclusión de comunidades, como también de desastres. La aceleración del agua corresponde a lo que he apuntado en otros ensayos con anterioridad: a la cosificación de una compleja red de relaciones sociales, económicas, políticas y ambientales del agua.

Quizá el derecho humano al agua aún permea cierta limitación en cuanto al contexto natural del agua, y sólo se construye como un modelo conceptual que sólo incluye las relaciones sociales para hacerlas más homogéneas, pero se olvida que el agua responde a un ciclo con otras leyes distintas y que no logran emparejarse. Esta alteridad de dos sistemas, el social con sus derechos y el natural con su ciclo, nos conlleva a la paradoja de la “indemnidad”, en el sentido de ¿cómo garantizar lo que no se puede garantizar?

Para finalizar, apuntaré lo siguiente:

Déficit y agotamiento de las aguas subterráneas de los acuíferos, lo cual ha implicado utilizar otras fuentes de agua, pero lejanas, aunque también, no será suficiente para los próximos 10 años (Del Acueducto II). El ritmo y volumen de extracción de agua supera el ritmo y volúmenes del ciclo natural.

El tratamiento de aguas residuales en cuanto a sus volúmenes es insuficiente para paliar la demanda de consumo.

El cambio climático traerá por consecuencia una disminución en la precipitación, lo cual agrava la escasez del recurso.

El proceso de urbanización viene suprimiendo zonas de recarga de los acuíferos.