La guerra Cristera: Historia de México

Por Luis Felipe Rodríguez Palacios

Jean Meyer nos dice que:

“La Constitución de 1917 otorgaba al Estado el derecho de administrar la profesión clerical; la Iglesia se encontraba en la misma situación jurídica que antes de la Independencia, con la diferencia de que el Estado era agresivamente antieclesiástico.

Novedoso fue el resurgimiento de un militantismo jacobino, así como la resistencia de los católicos y del clero.” 

Había incompatibilidad entre la Iglesia y el estado jacobino; una, por un lado, estaba deseosa de separar su poder del orden público, y el otro era celoso de recuperar las prerrogativas que podría otorgar el patronato o un concordato para poder controlar a las masas. Ahora bien, el Estado tropezaba con la competencia de la iglesia: sus sindicalistas amenazaban por doquier la hegemonía que apenas trataba de establecer según un esquema vertical; la política entraba en competencia directa con la institución religiosa en dominios decisivos.

También, en ese aspecto, Obregón había demostrado su astuto ingenio: el ejecutivo federal era conciliador a la manera de Díaz; lo que no le impidió dejar a los Estados que molestaban al clero para recordarle que todo dependía de la voluntad del presidente.

El grupo de presión anticlerical —militares y sindicalistas— se afirmó en el curso de las crisis que se multiplican hacia el fin del periodo de Obregón en el marco de la sucesión presidencial. Tras ellas se perfiló la silueta de Luis Morones, el todopoderoso patrón de la CROM que cerró un pacto con el futuro presidente Calles.

Mientras hubo un moderado como Obregón que negociaba por debajo del agua la reanudación de relaciones diplomáticas rotas con el Vaticano desde hacía 65 años, las crisis no llevaban a ninguna parte. En una coyuntura diferente, en el momento de la crisis internacional, cuando Calles tomó partido violentamente, el enfrentamiento es inevitable. El pretexto importa poco.

En febrero de 1925, Morones había tratado de instaurar una Iglesia mexicana cismática, separada de Roma; pero, como una iglesia no se funda como un sindicato, fracasó rotundamente. A partir de esa fecha se inició la guerra, pues los católicos habían perdido la confianza en el gobierno. A principios de 1926 Calles hizo aceptar, so capa de la reforma del código penal, una legislación que asimilaba a los delitos de derecho común las infracciones en materia de cultos. Cuando la nueva ley entró en vigor, los obispos suspendieron el culto público en respuesta el 31 de julio de 1926.

Inmediatamente, el Procurador General fue aprehendido por el gobierno, mientras que las multitudes se hacinaban en las iglesias para recibir los sacramentos. A justo título declaraba el presidente: “Creo que estamos en el momento en que los campos van a quedar deslindados para siempre; la hora se aproxima en la cual se va a librar la batalla definitiva, vamos a ver si la revolución ha vencido a la reacción o si el triunfo de la revolución ha sido efímero.

El diplomático francés Ernesto Legarde estuvo con el presidente Calles el 26 de agosto, quien le dijo que “cada semana que transcurra sin ejercicios religiosos hará perder a la religión católica el 2 por ciento de sus fieles… estaba decidido a terminar con la iglesia y a desembarazar de él a su país de una vez por todas. Por momentos, el presidente Calles, pese a su realismo y a su frialdad, me dio la impresión de abordar la cuestión religiosa con un espíritu apocalíptico y místico”, comentó Legarde.

A partir de julio, los católicos y los obispos intentaron utilizar recursos legales, pidiendo la reforma de la Constitución, el último camino abierto según el presidente Calles. ¡Recurso impensable! Era tanto como pedir al gobierno que se retractara y abandonara voluntariamente el poder. A la iglesia le parecía que la Constitución podía ser modificada con facilidad, pero se equivocaba grandemente; tal como el estado cuando decía que la ley no atañía a la religión. Una y otro fingían no ver que la renuncia a lo escrito era una forma de negación del espíritu, una capitulación. Quedaba una incógnita de la que nadie hablaba, en la que nadie parecía pensar, que todo subestimaban cuando menos: la actitud del pueblo cristiano. 

En el transcurso de verano de 1926, Calles poco a poco se coloca al frente de la escena, mientras que tras bastidores el gobierno y los sacerdotes no dejaron de negociar y los diplomáticos fueron y vinieron entre México, Roma y Washington.

Las potencias y las dominaciones no cesaron de negociar durante tres años, y durante tres años la guerra fue, según la frase de Clausewitz, la continuación de la política por otros medios. La guerra constituyó una divina sorpresa para la Liga, organización política católica, que vio entonces el poder a su alcance. La guerra fue una sorpresa para el Estado, que consideraba la religión como cosa de mujer, y para el presidente Calles, que decía: “Es el gallinero de la República”, refiriéndose a Jalisco, Estado en el que los católicos eran los más alborotadores. La guerra fue también una sorpresa para la Iglesia.

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