Personajes de San Miguel de Allende: la historia de Jesús Nicolás Cuéllar Hernández

Por Luis Felipe Rodríguez

Fue un artista amante de lo mexicano y de los movimientos pictóricos de su tiempo. Nació y vivió la mayor parte de su vida en la misma casa en el centro de San Miguel Allende (Calle de Jesús 42), y es de los pocos artistas nativos de la ciudad. Inició su carrera desde niño de manera autodidacta, pintando imágenes de santos, debido a que su mamá era una católica practicante y porque las monjas de su escuela lo impulsaron a esa tarea, al darse cuenta que el niño tenía una especial habilidad con el pincel al pintar al óleo. Hizo también algunas esculturas en cantera.

Sus padres fueron Nicolás Cuéllar Vázquez que inicialmente trabajó en una fábrica de telas y luego se dedicó a la venta de huertas de su familia, su madre Eleuteria Hernández Pérez era ama de casa. Tuvo tres hermanos, todos mayores que él con gran diferencia de edades, situación que le hizo crecer muy solo y metido en su mundo infantil; este hecho favoreció su ingenio infantil e imaginación creadora que le hicieron desarrollar una gran precocidad que con los días lo convirtieron en un niño fuera de serie. Para Jesús Nicolás los días de su infancia fueron mágicos, no exentos de dolor. El artista lo recuerda así: «Crecí al lado de mi madre y hermanos: dos hermanos (Antonio y Federico) y una hermana («Luz ¡mi adorada hermana! que tanto me quiso» (Autobiografía). 

Con su padre existía una gran complicidad y un inmenso amor y siempre recordaba la frase que su padre le dirigía al llegar a casa: «Encuéntrame en el tiempo y dame tu pensamiento» (Autobiografía), regalándole una golosina o una moneda. Es por esto que ante la prematura muerte de su padre —Jesús Nicolás tenía solo 10 años de edad— sintió mucho su partida, inmortalizando ese acontecimiento en una pintura llena de dramatismo donde se ve al niño ante un ataúd y a la que llamó «Mi padre» (1996).

Era muy creativo y talentoso y entre sus juegos preparaba sesiones de cine para sus amigos, como los muestran dos de sus pinturas emblemáticas: «Los juegos de Nicolás» (1977), y «Niños jugando alrededor del templo» (1977), ambas de claro carácter autobiográfico.

Sus hermanos mayores le llamaban «Ingeniero», por su habilidad en la construcción de artefactos y reparación de máquinas, que también plasma —años después— en diversos lienzos como «Metamorfosis urbana» (1990), y «Maquinaria» (1978).

Se enamoró muy joven y se casó a los 21 años con la que sería su primera musa y esposa hasta el final de su vida, María Socorro González (a la que llamaba «Coco»), una inteligente joven de gran belleza mexicana originaria de Dolores Hidalgo, población vecina a San Miguel Allende, con la que procreó seis hijos y de los que siempre se sintió muy orgulloso. 

De recién casado se mudó a la Ciudad de México con su familia y —de manera formal— comenzó a estudiar pintura en la Academia de San Carlos en 1954, pero al año siguiente, regresó a su ciudad natal donde continuó sus estudios en el Instituto Allende de 1955 a 1957, donde tuvo como maestros a James Pinto y Jack Baldwin de quienes siempre conservó los mejores recuerdos. James Pinto —discípulo de Siqueiros— le enseñó muralismo. El joven pintor admiraba a Diego Rivera y quería imbuirse en la Escuela Mexicana de Pintura y ser creativo. Por todo esto el Instituto Allende se adecuó mejor a su interés y disposición y lo consideró como una Escuela de Arte que contribuyó en gran manera al cultivo de lo que había descubierto era su vida: la pintura. 

Otro factor relevante fue que empezaba a ser reconocido como un alumno brillante «con un trazo muy fino y creativo», según declaración del James Pinto. Eventualmente, otro maestro y asesor suyo fue Rufino Tamayo, en una de las ocasiones que visitó el Instituto. De esta época destacan litografías como «Niños con estrellas», «El penitente», «Charamusquera». En 1962, recibió una beca para estudiar en el Brooklyn Museum Art School de Nueva York, donde su estancia fue muy fructífera. Allí entró en contacto con los grandes maestros de la pintura renacentista, moderna y contemporánea como Rembrandt, De Chirico, El Bosco, Brugel, Cézanne, Gauguin, Lautrec, Modigliani, Alexander Laktionov, Pablo Picasso, entre otros. Algunos de ellos le causaron una honda impresión e influencia. Conoció diversas vanguardias artísticas de esa época como el surrealismo, cubismo, expresionismo abstracto. Nicolás Cuéllar concluyó sus estudios en 1963.

Regresó a México en 1964 buscando el colorido e inspiración de su patria tratando de recuperarse de su estado enfermo y depresivo causado por el mal tiempo de Nueva York y los hechos violentos del magnicidio de Kennedy y la Guerra Fría entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética que estaba en uno de sus momentos álgidos a pesar del fracaso de la Bahía de Cochinos en 1961. El peligro de otra guerra mundial le pareció siempre aberrante y lo denunció en su serie pictórica «La guerra y la paz», con pinturas tan relevantes como «El imperio de mil caras» (1972), «Construyendo destinos» (1982), o «Imperio del mal» (1978). En contrapartida, su amor por la paz puede apreciarse en su fascinante obra «La cultura y la paz» (1997).

Quienes lo conocieron personalmente lo recuerdan elegante, distinguido, prefiriendo la ropa de color claro y siempre usando un sombrero, que empezó a utilizar desde muy joven, en la década de 1940, donde al quitárselo se descubría su abundante cabellera. Todos los días el pintor dejaba su casa en San Miguel de Allende para pasar el tiempo en una banca del jardín principal de la ciudad y frente a la Parroquia de San Miguel Arcángel, ícono no solo de la ciudad sino de su propia obra, donde pintaba, dibujaba, proyectaba bajo variadas modalidades y estilos la Parroquia. Esto lo hacía después de pintar por varias horas en su estudio por la mañana. Su trabajo pictórico fue muy intenso y fructífero. 

Nicolás Cuéllar desarrolló la mayor parte de su carrera en San Miguel de Allende, ciudad a la que siempre amó, siendo muy respetado por la comunidad artística como un maestro. En su casa recibió a cientos de amigos, artistas, y turistas de diversas partes del mundo interesados en su arte. De muchos de ellos fue maestro. La casa tenía una galería y un estudio donde exhibía parte de su obra caracterizada por el surrealismo mágico de su creación y la influencia mexicanista y llena de folklore de su primera época, donde una vieja máquina de coser Singer, propiedad de su madre y cubierta con una manta pintada a mano, le servía como escritorio en la recepción.

Nicolás Cuéllar nació en 1927 y murió en 2010, en la ciudad que le vio nacer, acompañado por el amor de su familia: su esposa María Socorro («Coco», así siempre le llamó) y sus hijos, de quienes se sentía muy orgulloso. Sus restos reposan en la cripta familiar en la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México.